martes, 13 de noviembre de 2007

Pascal





Los parágrafos de Pascal que se verán la siguiente clase son los siguientes:


Parágrafos: 1, 2, 3, 60, 72, 76-78, 233-234, 242, 277-278, 282, 346-348, 425, 527, 543, 556.


Tomados de la edición de Espasa-Calpe.

lunes, 1 de octubre de 2007

Fragmentos: Spinoza



[Experiencia, bienes y filosofía] «Después que la experiencia me había enseñado que todas las cosas que suelen suceder en la vida ordinaria, son vanas y fútiles, como veía que todas aquellas que eran para mí causa y objeto de temor, no contenían en sí mismas ni bien ni mal alguno, a menos que afectaran mi ánimo, me decidí finalmente a investigar si existiría algo que fuera un bien verdadero y capaz de comunicarse, y de tal naturaleza que por sí solo, rechazados todos los demás, afectara el ánimo; aún más, si existiría algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema» (TlE §1) «Digo me decidí finalmente, porque, a primera vista, parecía imprudente querer dejar una cosa cierta por otra todavía incierta. En efecto, yo veía las ventajas que se derivan del honor y de las riquezas y que me veía forzado a dejar de buscarlos, si quería dedicarme seriamente a un nuevo negocio» (TlE §2). «Porque lo que es más frecuente en la vida y, por lo que puede colegirse de sus obras, lo que los hombres consideran como el sumo bien, se reduce a estas tres cosas: las riquezas, el honor y el placer. Tanto distraen estas tres cosas la mente humana que resulta totalmente imposible pensar en ningún otro bien» (TlE §3).
[Felicidad y medios] «Este es, pues, el fin al que tiendo: adquirir tal naturaleza [humana] y procurar que muchos la adquieran conmigo; es decir, que a mi felicidad pertenece contribuir a que otros muchos entiendan lo mismo que yo, a fin de que su entendimiento y su deseo concuerden totalmente con mi entendimiento y con mi deseo. Para que sea efectivamente así, es necesario entender la Naturaleza, en tanto en cuanto sea suficiente para conseguir aquella naturaleza [humana]. Es necesario, además, formar una sociedad tal como cabría desear, a fin de que el mayor número posible de individuos alcance dicha naturaleza con la máxima facilidad y seguridad» (TlE §14; ver E4AP3-9).
[Idea de Dios y método deductivo] «El método no es más que el conocimiento reflexivo o la idea de la idea. Y, como no hay idea de idea, si no da primero la idea, no se dará tampoco método sin que dé primero la idea. Por consiguiente, buen método será aquél que muestra cómo hay que dirigir la mente conforme a la norma de la idea verdadera dada. Como, además, la relación que existe entre dos ideas es la misma que se da entre sus esencias formales, se sigue que el conocimiento reflexivo, que versa sobre la idea del ser perfectísimo, es más valioso que el conocimiento reflexivo de las demás ideas. En una palabra, el método más perfecto será aquel que muestra, conforme a la norma de la idea dada del ser más perfecto, cómo hay que dirigir la mente» (TIE §38). «Resulta evidente que, para que nuestra mente reproduzca perfectamente el modelo de la Naturaleza, debe hacer surgir todas sus ideas a partir de aquella que expresa el origen y la fuente de toda a Naturaleza, a fin de que también ella sea la fuente de las demás ideas» (TIE §42; ver TIE §99; E2P7C).
[Definiciones] «Por causa de sí entiendo aquello cuya esencia implica la existencia o aquello cuya naturaleza no se puede concebir sino como existente» (E1Def1).
«Se llama finita en su género aquella cosa que es limitada por otra de la misma naturaleza» (E1Def2).
«Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, es decir, aquello cuyo concepto no necesita el concepto de otra cosa para ser formado a partir de él» (E1Def3).
«Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe de una sustancia como constitutivo de su esencia» (E1Def4).
«Por modo entiendo las afecciones de la sustancia. o sea, aquello que es en otro, por medio del cual también es concebido» (E1Def5).
«Por Dios entiendo el ser absolutamente infinito, e decir, la sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita» (E1Def6).
«Se llamará libre aquella cosa que existe por la sola necesidad de su naturaleza y se determina por sí sola a obrar. Necesaria, en cambio, o más, bien coaccionada, aquella que es determinada por otra a existir y a obrar según una razón cierta y determinada» (E1Def7).
«Por eternidad entiendo la existencia misma, en cuanto se concibe que se sigue necesariamente de la sola definición de una cosa eterna» (E1Def8).
[Axiomas] «Todo lo que es, o es en sí o en otro» (E1Ax1).
«De una causa dada y determinada se sigue necesariamente un efecto y, al contrario, si no se da una causa determinada, es imposible que se siga un efecto» (E1Ax3).
«El conocimiento del efecto depende del conocimiento de la causa y lo implica» (E1Ax4)
«Una idea verdadera debe convenir con lo ideado por ella» (E1Ax6).
[Dios y naturaleza] «Todo lo que es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni ser concebido» (E1P15). «De la necesidad de la naturaleza divina deben seguirse infinitas cosas en infinitos modos, esto es, todo cuanto puede caer bajo el entendimiento infinito» (E1P16).
[Hombre] «A la esencia del hombre no pertenece el ser de la sustancia, o sea, la sustancia no constituye la forma del hombre» (E2P10). «De donde se sigue que la esencia del hombre está constituida por ciertas modificaciones de los atributos de Dios» (E2P10C). «Lo primero que constituye el ser actual de la mente humana no es otra cosa que la idea de alguna cosa singular que existe en acto» (E2P11). «De aquí se sigue que la mente humana es una parte del entendimiento infinito de Dios» (E2P11C).
[Mente y cuerpo] «El objeto de la idea que constituye la mente humana, es el cuerpo, o sea, cierto modo de la extensión que existe en acto, y no otra cosa» (E2P13). «De donde se sigue que el hombre consta de mente y cuerpo y que el cuerpo humano existe tal como lo sentimos» (E2P13C). «Con esto no sólo entendemos que la mente humana está unida al cuerpo, sino también qué hay que entender por unión de mente y cuerpo. Pero nadie podrá entenderla de forma adecuada o distinta, a menos que conozca antes adecuadamente la naturaleza de nuestro cuerpo» (E2P13S).
[Los cuerpos] «Cuando algunos cuerpos de la misma o distinta magnitud son forzados por otros a que choquen entre sí o, si se mueven con el mismo o con distintos grados de rapidez, a que se comuniquen unos a otros sus movimientos en cierta proporción; diremos que dichos cuerpos están unidos entre sí y que todos a la vez forman un solo cuerpo o individuo, que se distingue de los demás por esta unión de cuerpos» (E2P13SDef).
«Si las partes que constituyen un individuo, se hacen mayores o menores, pero en tal proporción que todas mantengan entre sí la misma relación de movimiento y reposo que antes, también el individuo mantendrá su naturaleza como antes, sin ningún cambio de forma» (E2P13S, Lema 5). «El cuerpo humano está compuesto de muchísimos individuos (de diversa naturaleza), cada uno de los cuales es muy compuesto» (E2P13S, Post 1).
[Primer modo de conocimiento: imaginación] «La idea de un modo cualquiera, con que el cuerpo humano es afectado por los cuerpos exteriores, debe implicar la naturaleza del cuerpo humano y, a la vez, la naturaleza del cuerpo exterior» (E1P16). «De aquí se sigue que las ideas que tenemos de los cuerpos exteriores, indican más la constitución de nuestro cuerpo que la naturaleza de los cuerpos exteriores» (E2P16C2).
«Si el cuerpo humano ha sido afectado por un modo que implica la naturaleza de un cuerpo exterior, la mente humana contemplará ese cuerpo exterior como actualmente existente o como presente, hasta que el cuerpo sea afectado por un afecto que excluya la existencia o la presencia de dicho cuerpo» (2E17). «A las afecciones del cuerpo humano, cuyas ideas nos representan los cuerpos exteriores como presentes, las llamaremos imágenes, aunque no reproducen las figuras de las cosas; y cuando la mente contempla así los cuerpos, diremos que los imagina». (E2P17S)
«[...] a fin de comenzar a indicar qué es el error. quisiera que observarais que las imaginaciones de la mente, consideradas en sí mismas, no contienen error alguno, es decir, que la mente no yerra por imaginar, sino tan sólo en cuanto se considera que carece de una idea que excluya la existencia de aquellas cosas que imagina presentes» (E2P17S; ver IE,81-90; 1CM1).
«Por cuanto llevamos dicho aparece claramente que percibimos muchas cosas y formamos nociones universales: 1°) a partir de cosas singulares que nos son representadas a través de los sentidos de forma mutilada, confusa y sin orden para el entendimiento; y por eso suelo calificar tales percepciones como conocimiento por experiencia vaga. 2°) A partir de signos, como, por ejemplo, que al oir o leer ciertas palabras recordemos las cosas y formemos de ellas algunas ideas semejantes a aquellas con que solemos imaginarlas. A estos dos modos de contemplar las cosas los llamaré en adelante conocimiento de primer género, opinión o imaginación» (E2P40S2).
[Segundo modo de conocimiento: razón y nociones comunes] «Aquello que es común a todas las cosas y está igualmente en la parte y en el todo, no constituye la esencia de ninguna cosa singular» (E2P37). «Aquellas cosas que son comunes a todas y están igualmente en la parte y en el todo, no se pueden concebir sino adecuadamente» (E2P38) «De aquí se sigue que existen algunas ideas o nociones comunes a todos los hombres, ya que todos los cuerpos convienen en ciertas cosas, las cuales deben ser percibidas adecuadamente, es decir, de forma clara y distinta» (E2P38C). «Todas las ideas que se siguen en la mente de ideas que en ella son adecuadas, también son adecuadas» (2E40). «Con ello he explicado la causa de las llamadas ‘nociones comunes’, que constituyen los fundamentos de nuestro raciocinio» (E2P40S1). [Otra manera de formar nociones universales] «3°) A partir, en fin, de que tenemos nociones comunes e ideas adecuadas de las propiedades de las cosas; y a éste le llamaré razón y conocimiento de segundo género». (E2P40S2)
[Tercer modo de conocimiento: intuición] «Además de estos dos géneros de conocimiento existe [...] un tercero, al que llamaremos ciencia intuitiva. Y este género de conocimiento procede de la idea adecuada de la esencia formal de algunos atributos de Dios al conocimiento adecuado de la esencia de las cosas» (E2P40S2; ver 2KV1,1; TIE §19).
[Método geométrico en el estudio del ser humano] «Parecerá extraño que me proponga examinar los vicios e inepcias humanas según el método geométrico y que pretenda demostrar de forma segura las mismas cosas que ellos pregonan ser contrarias a la razón, vanas, absurdas y dignas de horror. Pero mi razonamiento es el siguiente. En la naturaleza no sucede nada que pueda atribuirse a un vicio suyo, puesto que la naturaleza es siempre la misma, y única y la misma es en todas partes su virtud y potencia de obrar; es decir, que las leyes de la naturaleza y las reglas según las cuales se hacen todas las cosas y cambian de unas formas a otras, son en todo tiempo y lugar las mismas; y por tanto también debe ser una y la misma la forma de entender la naturaleza de las cosas, cualesquiera que sean, a saber, por medio de leyes y reglas universales de la naturaleza» (E3Praef, p. 138/7-18).
[Conato y deseo] «Cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser» (E3P6; ver TTP 16:189). «El conato con que cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser, no es nada distinto de la esencia actual de la misma» (E3P7). «Tanto si tiene ideas claras y distintas como si tiene ideas confusas, el alma se esfuerza en perseverar en su ser por una duración indefinida y tiene conciencia de ese esfuerzo suyo» (E3P9). «Este conato, cuando se refiere sólo a la mente se llama voluntad; pero cuando se refiere a la vez a la mente y al cuerpo, se llama apetito. Este no es, pues, otra cosa que la misma esencia del hombre, de cuya naturaleza se siguen necesariamente aquellas cosas que contribuyen a su conservación y que el hombre está, por tanto, determinado a realizar. Por lo demás, entre apetito y deseo no hay ninguna diferencia, excepto que el deseo suele atribuirse a los hombres en cuanto que son conscientes de su apetito; y por eso puede definirse así: ‘el deseo es el apetito con la conciencia del mismo’» (E3P9A; ver E3AF1; 1KV5,1; 2KV17).
[Afectos pasivos y activos.] «Por afecto entiendo las afecciones del cuerpo, con las cuales se aumenta o disminuye, ayuda o estorba la potencia de obrar del mismo cuerpo, y al mismo tiempo las ideas de estas afecciones» (E3Def3). «Así, pues, si podemos ser causa adecuada de alguna de estas afecciones, entonces por afecto entiendo una acción, y en otro caso una pasión» (E3Def3, explicación). «Las acciones de la mente surgen sólo de las ideas adecuadas; las pasiones, en cambio, sólo dependen de las inadecuadas» (E3P3).
«La idea de todo aquello que aumenta o disminuye, ayuda o estorba la potencia de obrar de nuestro cuerpo, aumenta o disminuye, ayuda o estorba la potencia de pensar de nuestra alma» (E3P11). «Vemos, pues, que la mente puede sufrir grandes cambios y pasar ora a una mayor ora a una menor perfección; y estas pasiones nos explican los afectos de la alegría y la tristeza. En lo sucesivo entenderé, pues, por alegría la pasión por la que el alma pasa a una perfección mayor; por tristeza, en cambio, la pasión por la que la misma pasa a una perfección menor» (E3P11S).
[Valores subjetivos] «[...] nosotros no nos esforzamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque juzgamos que es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno, porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos» (E3P9S). «[...] cada uno juzga o estima, según su afecto, qué es bueno, qué malo, qué mejor, qué peor y qué, en fin, lo mejor y qué lo peor» (E3P39S).
[Diversidad de afectos por objetos e individuos] «Se dan tantas especies de alegría, tristeza y deseo y, por tanto, de cada afecto que de éstos se compone [...] o que de éstos se deriva [...], como especies existen de objetos por los que somos afectados» (E3P56). «Cualquier afecto de cualquier individuo difiere tanto del afecto de otro individuo como la esencia del uno difiere de la esencia del otro» (3E57).
[Amor y odio] «El alma se esfuerza cuanto puede por imaginar aquellas cosas que aumentan o favorecen la potencia de obrar del cuerpo» (E3P12). «Cuando el alma imagina cosas que disminuyen o estorban la potencia de obrar del cuerpo, se esfuerza cuanto puede por recordar cosas que excluyen la existencia de aquellas» (E3P13). «A partir de aquí entendemos claramente qué es el amor y qué el odio. En efecto, el amor no es otra cosa que la alegría acompañada de la idea de una causa exterior; y el odio no es sino la tristeza acompañada de la idea de una causa exterior. Vemos. además, que quien ama, necesariamente se esfuerza por tener presente y conservar la cosa que ama; y, por el contrario, quien odia, se esfuerza por alejar y destruir la cosa que odia» (E3P13S).
[Ambición y enemistad] «También nos esforzaremos por hacer todo aquello que imaginamos que los hombres miran con alegría y, al contrario, rechazaremos todo lo que imaginamos que los hombres rechazan» (3E29). «De aquí [...] se sigue que cada cual se esfuerza cuanto puede por que los demás amen lo que él ama y odien lo que él odia; de ahí lo del poeta: ‘esperemos por igual y por igual temamos los amantes; de hierro es, si uno ama lo que otro deja’» (E3P31C). «Este esfuerzo por conseguir que todo el mundo apruebe lo que uno mismo ama u odia, es, en realidad, ambición. Y por eso vemos que, por naturaleza, cada cual desea que los demás vivan según su propio ingenio; y como todos lo desean por igual, por igual se estorban, y mientras todos quieren ser alabados o amados, todos se odian» (E3P31S; ver TP 1/5).
[Fluctuación de las pasiones] «Cualquier cosa puede ser, por accidente, causa de alegría, tristeza o deseo» (E3P15). (Y así), «por el solo hecho de que hemos contemplado con un afecto de alegría o de tristeza una cosa, que no es su causa eficiente, podemos amarla u odiarla» (E3P15C). «Esta disposición del alma, que surge de dos afectos contrarios, se llama fluctuación del ánimo, la cual se relaciona con el afecto como la duda con la imaginación, y entre la fluctuación del ánimo y la duda no hay más diferencia que la del más y el menos» (E3P17S).
[Política] [Discordias sociales] «Los hombres pueden discrepar en naturaleza en cuanto que soportan los conflictos de afectos que son pasiones; y en esa misma medida también, un solo y mismo hombre es variable e inconstante» (E4P33). «En cuanto que los hombres soportan afectos que son pasiones, pueden ser contrarios entre sí» (E4P34).
[Sociedad y consenso] «Sólo en cuanto que los hombres viven bajo la guía de la razón, concuerdan siempre y necesariamente en naturaleza» (E4P35). «El bien que apetece para sí todo aquel que persigue la virtud, lo deseará también para los demás hombres, y tanto más cuanto mayor conocimiento tenga de Dios» (E4P37). «Nadie puede dudar, sin embargo, cuánto más útil les sea a los hombres vivir según las leyes y seguros dictámenes de la razón, que [...] no buscan otra cosa que la verdadera utilidad humana. Ni nadie tampoco que no desee vivir, en cuanto pueda, con seguridad y sin miedo [...] Y, si consideramos, además, que sin la ayuda mutua los hombres viven necesariamente en la miseria y sin poder cultivar la razón [...] veremos con toda claridad que, para vivir seguros y lo mejor posible, los hombres tuvieron que unir necesariamente sus esfuerzos. Hicieron, pues, que el derecho a todas las cosas que cada uno tenía por naturaleza, lo poseyeran todos colectivamente [...] El derecho de dicha sociedad se llama democracia; ésta se define, pues, como la asociación general de los hombres que posee colegialmente el supremo derecho a todo lo que puede» (TTP 16:191-193; ver TP 2/15-17).
[Fundamento del Estado: la ley común] «Por consiguiente, un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien y cuyos negocios sólo son bien administrados, si quienes los dirigen, quieren hacerlo con lealtad, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe. Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien las cosas, con tal que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad» (TP 1/6; ver TP 7/2; TTP 17:202-3).
[Fin del Estado: razón y libertad] «Así como en el estado natural el hombre más poderoso es aquel que se guía por la razón, así también es más poderosa y más autónoma aquella sociedad que es fundada y regida por la razón. Pues el derecho de la sociedad se determina por el poder de la multitud que se rige como por una sola mente. Ahora bien, esta unión mental no podría ser concebida por motivo alguno, sino porque la sociedad busca, ante todo, aquello que la sana razón enseña ser útil a todos los hombres» (TP 3/7). «Cuando decimos, pues, que el mejor Estado es aquel en que los hombres llevan una vida pacífica, entendemos por vida humana aquella que se define, no por la sola circulación de la sangre y otras funciones comunes a todos los animales, sino, por encima de todo, por la razón, verdadera virtud y vida del alma» (TP 5/5). «El verdadero fin del Estado es, pues, la libertad» (TTP 20:240).
[Ética] [Valores objetivos] «Aquellas cosas que hacen que se conserve la proporción de movimiento y reposo, que tienen entre sí las partes del cuerpo humano, son buenas; y, al contrario, son malas aquellas que hacen que las partes del cuerpo humano tengan entre sí otra proporción de movimiento y reposo» (E4P39). «Por bien entenderé aquello que sabemos con certeza que nos es útil» (E4Def1). «El conocimiento del bien y del mal no es otra cosa que el afecto de alegría o de tristeza, en cuanto que somos conscientes de él» (E4P8).
[Impotencia de la razón] «La fuerza de una pasión o afecto puede superar las demás acciones o potencia del hombre, de suerte que ese afecto se adhiera pertinazmente al hombre» (E4P6). «El deseo que surge del conocimiento verdadero del bien y del mal, puede ser extinguido o reprimido por muchos otros deseos que surgen de los afectos que nos perturban» (E4P15). «De ahí lo del poeta ‘veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor’. Y lo mismo parece haber pensado el Eclesiastés cuando dijo: ‘quien aumenta la ciencia, aumenta el dolor’» (E4E17S).
[La razón, virtud suprema] «Por virtud y potencia entiendo lo mismo; es decir, la virtud, en cuanto se refiere al hombre, es la misma esencia o naturaleza del hombre, en cuanto tiene el poder de hacer ciertas cosas que se pueden entender por las solas leyes de su naturaleza» (E4Def8) «No se puede afirmar categóricamente que el hombre obra por virtud, en cuanto que es determinado a obrar por tener ideas inadecuadas, sino tan sólo en cuanto que es determinado por el hecho de que entiende» (E4P23). «No sabemos con certeza que algo es bueno o malo, sino aquello que conduce realmente a entender o aquello que puede impedir que entendamos» (E4P27). «El supremo bien de la mente es el conocimiento de Dios y la suprema virtud del alma es conocer a Dios» (E4P29).
[Criterios morales] «Aquello que dispone al cuerpo humano para que pueda ser afectado de muchas formas o lo hace apto para afectar de muchas formas a los cuerpos exteriores, es útil al hombre, y tanto más útil cuanto más apto hace al cuerpo para ser afectado de muchas formas y afectar a otros cuerpos; y, al contrario, es nocivo lo que hace al cuerpo menos apto para ello» (4E38). «Las cosas que conducen a la sociedad común de los hombres o las que hacen que los hombres vivan en concordia, son útiles; y, al contrario, son malas las que provocan la discordia en la sociedad» (4E40). «La alegría no es directamente mala, sino buena; en cambio la tristeza es directamente mala» (4E41).
[Ideal del hombre libre] «El hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es meditación de la muerte sino de la vida» (E4P67). «Si los hombres nacieran libres, no formarían ningún concepto del bien y del mal mientras fueran libres» (E4P68). «El hombre libre, que vive entre ignorantes, procura cuanto puede declinar sus favores» (E4P70). «Sólo los hombres libres son entre sí muy agradecidos» (E4P71). «El hombre libre nunca obra con dolo, sino siempre con buena fe» (E4P72). «El hombre que se guía por la razón, es más libre en el Estado, donde vive según el común decreto, que en la soledad, donde sólo se obedece a sí mismo» (E4P73).
[Remedios de las pasiones] «A todas las acciones, a las que somos determinados por un afecto que es pasión, podemos ser determinados sin él, por la razón» (E4P59). «El poder de la mente sobre los afectos consiste: 1°) en el mismo conocimiento de los afectos; 2°) en que separa los afectos de su causa exterior, que imaginamos confusamente; 3°) en el tiempo con que las afecciones, referidas a cosas que entendemos, superan a las referidas a cosas que concebimos de forma confusa o mutilada; 4°) en la multitud de causas con que son avivadas las afecciones que se refieren a las propiedades comunes de las cosas o a Dios; 5) por fin, en el orden con que el alma puede ordenar y concatenar mutuamente sus afectos» (E5P20S).
[Intuición y amor intelectual de Dios] «Cada idea de cualquier cuerpo o cosa singular existente en acto incluye necesariamente la esencia eterna e infinita de Dios» (E2P45). «El alma puede hacer que todas las afecciones del cuerpo o imágenes de las cosas se refieran a la idea de Dios» (E5P14). «Quien conoce clara y distintamente sus afectos, ama a Dios, y tanto más cuanto más se conoce a sí mismo y conoce sus afectos» (E5P15). «El amor intelectual de Dios, que surge del tercer género de conocimiento, es eterno» (E5P33; ver 2KV22-23).
[Eternidad del alma] «El alma humana no puede ser totalmente destruida con el cuerpo, sino que permanece algo de ella, que es eterno [...] No puede suceder, sin embargo, que nos acordemos de haber existido antes del cuerpo, puesto que ni hay de ello ningún vestigio en el cuerpo, ni la eternidad se define por el tiempo, ni puede tener con él relación alguna» (E5P23). «Quien tiene un cuerpo apto para muchísimas cosas, tiene un alma cuya mayor parte es eterna» (E5P39; ver 2KV24).
[La vida del sabio] «Por lo dicho está claro cuánto aventaja y es más poderoso el sabio que el ignorante, que se deja guiar por el solo apetito. Pues el ignorante, aparte de ser agitado de múltiples formas por causas exteriores y no gozar nunca de la verdadera quietud del ánimo, vive además como inconsciente de sí mismo y de Dios y de las cosas; y tan pronto deja de padecer, deja también de existir. Por el contrario, el sabio, en cuanto es considerado como tal, apenas si se conmueve en su ánimo, sino que, consciente de sí mismo y de Dios y de las cosas con cierta necesidad eterna, nunca deja de existir, sino que goza siempre de la verdadera quietud del ánimo. Y, si el camino que he demostrado que conduce aquí, parece sumamente difícil, puede, no obstante, ser hallado. Difícil sin duda tiene que ser lo que tan rara vez se halla. Pues, ¿cómo podría suceder que, si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera ser encontrada sin gran esfuerzo, fuera por casi todos despreciada? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro» (E5P42S; ver E4AP32).

BIBLIOGRAFÍA
DOMÍNGUEZ BASALO, A. Spinoza (1632-1677). Madrid: Orto, 1995.
SPINOZA. Correspondencia. Domínguez, A. (introd., trad. y notas). Madrid: Alianza Editorial, 1988.
SPINOZA. Ética. Domínguez, A. (introd., trad. y notas). Madrid: Trotta, 2000.
SPINOZA. Tratado Breve. Domínguez, A. (introd., trad. y notas). Madrid: Alianza Editorial, 1990.
SPINOZA. Tratado de la Reforma del Entendimiento. Principios de la Filosofía de Descartes. Pensamientos Metafísicos. Domínguez, A. (introd., trad. y notas). Madrid: Alianza Editorial, 1988.
SPINOZA. Tratado Político. A. Domínguez. (trad.). Madrid: Alianza Editorial, 1986.
SPINOZA. Tratado Teológico-Político. A. Domínguez (introd., trad. y notas). Madrid: Alianza Editorial, 1986 (1ª ed.), 2003 (2ª ed.).

lunes, 17 de septiembre de 2007

Fragmentos: Thomas Hobbes




Tomás HOBBES. Leviatán. (Trad. M. Sánchez Sarto.) México: FCE, 1980.


Capítulo XIII: «De la condición natural del género humano, en lo que concierne a su felicidad y su miseria».
[Hombres iguales por naturaleza]
[1] La Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra.
[2] En cuanto a las facultades mentales (si se prescinde de las artes fundadas sobre las palabras, y, en particular, de la destreza en actuar según reglas generales e infalibles, lo que se llama ciencia, arte que pocos tienen, y aun éstos en muy pocas cosas, ya que no se trata de una facultad innata, o nacida con nosotros, ni alcanzada, como la prudencia, mientras perseguimos algo distinto) yo encuentro aún una igualdad más grande, entre los hombres, que en lo referente a la fuerza. Porque la prudencia no es sino experiencia; cosa que todos lo hombres alcanzan por igual, en tiempos iguales, y en aquellas cosas a las cuales se consagran por igual. Lo que acaso puede hacer increíble tal igualdad, no es sino un vano concepto de la propia sabiduría, que la mayor parte de los hombres piensan poseer en más alto grado que el común de las gentes, es decir, que todos los hombres con excepción de ellos mismos y de unos pocos más a quienes reconocen su valía, ya sea por la fama de que gozan o por la coincidencia con ellos mismos. Tal es, en efecto, la naturaleza de los hombres que reconocen que otros son más sagaces, más elocuentes o más cultos, difícilmente llegan a creer que haya muchos tan sabios como ellos mismos, ya que cada uno ve su propio talento a la mano, y el de los demás hombres a distancia. Pero esto lo que mejor prueba que los hombres son en este punto más bien iguales que desiguales. No hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución igual de una cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le corresponde.
[De la igualdad procede la desconfianza]
[3] De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre; si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros.
[De la desconfianza, la guerra]
[4] Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan razonable existe para que un hombre se proteja mismo, como la anticipación, es decir, el dominar por de la fuerza o por la astucia a todos los hombres que pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder paz de amenazarle. Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente permitido. Como algunos se complacen en contemplar su propio poder en los actos de conquista, prosiguiéndolos más allá de lo que su seguridad requiere, otros, que en diferentes circunstancias serían felices manteniéndose dentro de límites modestos, si no aumentan su fuerza por medio de la invasión, no podrán subsistir, durante mucho tiempo, si se sitúan solamente en plan defensivo. Por consiguiente siendo necesario, para la conservación de un hombre, aumentar su dominio sobre los semejantes, se le debe permitir también.
[5] Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En efecto, cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del mismo modo que él se valora a sí mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura naturalmente, en la medida en que puede atreverse a ello (lo que entre quienes no reconocen ningún poder común que los sujete, es suficiente para hacer que se destruyan uno a otro), arrancar una mayor estimación de sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás por el ejemplo.
[6] Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.
[7] La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido.
[Fuera del Estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos]
[8] Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente. Por ello la noción del tiempo debe ser tenida en cuenta respecto a la naturaleza de la guerra, como respecto a la naturaleza del clima. En efecto, así como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos chubascos, sino en la propensión a llover durante varios días, así la naturaleza de la guerra consiste no ya en la lucha actual, sino en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. Todo el tiempo restante es de paz.
[Son incomodidades de una guerra semejante]
[9] Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.
[10] A quien no pondere estas cosas puede parecerle extraño que la Naturaleza venga a disociar y haga a los hombres aptos para invadir y destruirse mutuamente; y puede ocurrir que no confiando en esta inferencia basada en las pasiones, desee, acaso, verla confirmada por la experiencia. Haced, pues, que se considere a sí mismo; cuando emprende una jornada, se procura armas y trata de ir bien acompañado; cuando va a dormir cierra las puertas; cuando se halla en su propia casa, echa la llave a sus arcas; y todo esto aun sabiendo que existen leyes y funcionarios públicos armados para vengar todos los daños que le hagan. ¿Qué opinión tiene, así, de sus conciudadanos, cuando armado; de sus vecinos, cuando cierra sus puertas; de sus hijos y sirvientes, cuando cierra sus arcas? ¿No significa esto acusar a la humanidad con sus actos, como yo lo hago con mis palabras? Ahora bien, ninguno de nosotros acusa con ello a la naturaleza humana. Los deseos y otras pasiones del hombre no son pecados, en sí mismos; tampoco lo son los actos que de las pasiones proceden hasta que consta que una ley las prohíbe: que los hombres no pueden conocer las leyes antes de que sean hechas, ni puede hacerse una ley hasta que los hombres se pongan de acuerdo con respecto a la persona que debe promulgarla.
[11] Acaso puede pensarse que nunca existió un tiempo o condición en que se diera una guerra semejante, y, en efecto, yo creo que nunca ocurrió generalmente así, en el mundo entero; pero existen varios lugares donde viven ahora de ese modo. Los pueblos salvajes en varias comarcas de América, si se exceptúa el régimen de pequeñas familias cuya concordia depende de la concupiscencia natural, carecen de gobierno en absoluto, y viven actualmente en ese estado bestial a que me he referido. De cualquier modo que sea, puede percibirse cuál será el género de vida cuando no exista un poder común que temer, pues el régimen de vida de los hombres que antes vivían bajo un gobierno pacífico, suele degenerar en una guerra civil.
[12] Ahora bien, aunque nunca existió un tiempo en que los hombres particulares se hallaran en una situación de guerra de uno contra otro, en todas las épocas, los reyes y personas revestidas con autoridad soberana, celosos de su independencia, se hallan en estado de continua enemistad, en la situación y postura de los gladiadores, con las armas asestadas y los ojos fijos uno en otro. Es decir, con sus fuertes guarniciones y cañones en guardia en las fronteras de sus reinos, con espías entre sus vecinos, todo lo cual implica una actitud de guerra. Pero como a la vez defienden también la industria de sus súbditos, no resulta de esto aquella miseria que acompaña a la libertad de los hombres particulares.
[En semejante guerra nada es injusto]
[13] En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo. Todo ello puede afirmarse de esa miserable condición en que el hombre se encuentra por obra de la simple naturaleza, si bien tiene una cierta posibilidad de superar ese estado, en parte por sus pasiones, en parte por su razón.
[Pasiones que inclinan los hombres a la paz]
[14] Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de paz, a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por otra parte, se llaman leyes de naturaleza: a ellas voy a referirme, más particularmente en los dos capítulos siguientes.

1. «En el estado de naturaleza se da en todos una voluntad agresiva, pero no se da por la misma causa, ni es igualmente condenable. Ya que algunos, según la igualdad natural, permiten a los demás lo mismo que se permiten ellos (lo cual es propio de los hombres modestos). Otros en cambio, creyéndose superiores a los demás, se permiten todo únicamente a sí mismos y se arrogan honor ante los demás (lo cual es propio de una condición feroz). […] Además, al ser muy grande la rivalidad de ingenios, necesariamente de ella se originan las mayores discordias. Pues resulta odioso tanto el luchar contra algo como el no llegar a un acuerdo». (De Cive, 1, 4-5.)
2. «El DERECHO DE NATURALEZA, lo que los escritores llaman comúnmente jus naturale, es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera, para la conservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su propio juicio y razón considere como los medios más aptos para lograr ese fin». (Leviatán, xiv, 1, p. 64).
3. «La LIBERTAD se entiende, de acuerdo con el significado propio de la palabra, la ausencia de impedimentos externos, impedimentos que con frecuencia reducen parte del poder que un hombre tiene de hacer lo que quiere; pero no pueden impedirle que use el poder que le resta, de acuerdo con lo que su juicio y razón le dicte». (Leviatán, xiv, 2, p. 64).
4. «Ley de naturaleza (lex naturalis) es un precepto o norma general, establecida por la razón, en virtud de la cual se prohíbe a un hombre hacer lo que puede destruir du vida o privarle de los medios de conservarla; o bien, omitir aquello mediante lo cual piensa que puede quedar su vida mejor preservada. Aunque quienes se ocupan de estas cuestiones acostumbran confundir jus y lex, derecho y ley, precisa distinguir esos términos, porque el DERECHO consiste en la libertad de hacer o de omitir, mientras que la LEY determina y obliga a una de esas dos cosas. Así la ley y el derecho difieren tanto como la obligación y la libertad, que son incompatibles cuando se refieren a una misma materia». (Leviatán, xiv, 3, p. 64).
3. El primer precepto de la razón o primera ley de la naturaleza es que: «[…] cada hombre debe esforzarse por la paz, mientras tiene la esperanza de lograrla; y cuando no puede obtenerla, debe buscar y utilizar todas las ayudas y ventajas de la guerra». (Leviatán, xiv, 4, p. 64-65)
4. La segunda ley de la naturaleza es: «[…] que uno acceda, si los demás consienten también, y mientras se considere necesario para la paz y defensa de sí mismo, a renunciar este derecho a todas las cosas y a satisfacerse con la misma libertad, frente a los demás hombres, que les sea concebida a los demás con respecto a él mismo. […] Renunciar un derecho a cierta cosa es despojarse a sí mismo de la libertad de impedir a otro el beneficio del propio derecho a la cosa en cuestión». (Leviatán, xiv, 5-6, p. 65)
5. «[…] si la mayoría ha proclamado un soberano mediante votos concordes, quien disiente debe ahora consentir con el resto, es decir, avenirse a reconocer todos los actos que realice, o bien exponerse a ser eliminado por el resto». (Leviatán, cap. xviii, 5)
6. «[…] es inherente a la soberanía el ser juez acerca de qué opiniones y doctrinas son adversas y cuáles conducen a la paz; y, por consiguiente, en qué ocasiones, hasta qué punto y respecto y respecto de qué puede confiarse en los hombres, cuando hablan a las multitudes, y quien debe examinar las doctrinas de todos los libros antes de ser publicados. Porque los actos de los hombres proceden de sus opiniones, y en el buen gobierno de las opiniones consiste el buen gobierno de los actos humanos respecto a su paz y concordia». (Leviatán, cap. xviii, 9)

sábado, 8 de septiembre de 2007

Framentos: Montaigne, Bruno, Bacon.




Montaigne (1533-1592): «Apología de Raimundo Sabunde» (ca. 1576), crítica a los fundamentos del conocimiento:

1. «Decía Teofrastro que el conocimiento humano, guiado por los sentidos, podía juzgar de las causas de las cosas hasta cierto punto, mas que, en llegando a la causas extremas y primeras, había de detenerse y retroceder a causa de su debilidad o de la dificultad de las cosas». («Apología…», en Ensayos, vol. II, pp. 287.)
2. Es idea moderada y suave el que nuestra inteligencia pueda llevarnos hasta el conocimiento de algunas cosas y que tenga cierto grado de poder más allá de cual es temerario emplearla. Esta opinión es plausible y fue introducida por gentes sensatas; mas es difícil poner límites a nuestra mente: es curiosa y ávida y no halla ocasión para detenerse ni a mil pasos, ni a cincuenta. Habiéndose probado por la experiencia que aquello en lo que uno falló, otro lo consiguió; y que lo que era desconocido para un siglo, el siglo siguiente lo esclareció; y que las ciencias y las artes no se echan en un molde sino que se forman y moldean poco a poco […] lo que no pueden descubrir mis fuerzas, no dejo de sondearlo y tantearlo; y tentando y amasando esta nueva materia [como si fuera cera], removiéndola y calentándola, abro al que me sigue cierta vía para gozar de ella más a sus anchas y se la entrego más elástica y manejable». (Ídem, pp. 287-288.)
3. «El hombre es tan capaz de todas las cosas como de ninguna; y si reconoce, como dice Teofrasto, que ignora las causas primeras y los principios, que abandone con osadía todo el resto de su ciencia: si el fundamento le falla, su razonamiento se viene abajo; el disputar y el preguntar no tiene más meta ni punto final que los principios; si este objetivo no detiene su curso, se lanza a una irresolución infinita». (Ídem, p. 288.)
4. «[…] todo conocimiento llega hasta nosotros por medio de los sentidos: son nuestros amos. […] La ciencia empieza en ellos y se resuelve en ellos. Después de todo, no sabríamos más que una piedra sin o supiéramos que hay sonido, olor, luz, sabor, tamaño, peso, blandura, dureza, aspereza, color, suavidad, anchura, profundidad. He aquí el plano y los principios de todo el edificio de nuestro conocimiento. Y según algunos, conocimiento no es otra cosa sino sensación. Quienquiera que pueda forzarme a contradecir a los sentidos, me tiene cogido por el cuello, no podría hacerme retroceder más atrás. Los sentidos son el principio y el fin del conocimiento humano […]». (Ídem, p. 322.)
5. «Sólo la fe abraza con determinación y seguridad los altos misterios de nuestra religión. Mas aun así, no por ello deja de ser muy hermosa y loable la empresa de poner al servicio de nuestra fe los instrumentos naturales y humanos que Dios nos ha dado. No hay duda de que es el empleo más honorable que podríamos darles, y que no hay otra ocupación ni otro propósito más digno de un hombre cristiano, que intentar, mediante todos sus estudios y pensamientos, embellecer, extender y ampliar la verdad de sus creencias». (Ídem, p. 135.)
6. «Sólo las cosas que nos vienen del cielo tienen derecho y autoridad para persuadir; sólo ellas tienen la marca de la verdad; verdad que no vemos por nuestros ojos, ni la aceptamos por nuestros medios: esta santa y grande imagen no cabría en tan mísero domicilio si Dios a este efecto no lo preparase, si no lo reformase y fortificase por su gracia y favor particular y sobrenatural». (Ídem, p. 292.)

MONTAIGNE, M. de, «Apología de Raimundo Sabunde» [ca. 1576], en Ensayos, 2º tomo, D. Picazo y A. Montojo (trad.), Madrid: Cátedra, 1998, pp. 132-343.







Giordano Bruno (1549-1600).

1. «[…] de la eterna sustancia corpórea (la cual no puede surgir de la nada, ni tampoco es aniquilable, sino que sólo se puede ratificar, condensar, ordenar y configurar), el compuesto se disuelve, se transforma su constitución, cambia la figura, se altera el ser, varía la fortuna, permaneciendo siempre lo que en sustancia son los elementos; y eso mismo, que siempre fue, permaneciendo uno el principio material, es la verdadera sustancia de las cosas, eterna, ingenerable, incorruptible. [...] de la eterna sustancia incorpórea nada cambia, se forma o deforma, sino que permanece siempre de igual modo, que no puede ser sujeto de disolución, como tampoco es posible que lo sea de composición; [...] la sustancia espiritual, aunque tenga familiaridad con los cuerpos, no se debe pensar que realmente entre en composición y mezcla con aquellos, [...] Mas existe una cosa, un principio interno eficiente e informativo, desde el cual, por el cual y en relación al cual se realiza la composición. [...] En él radica la eficacia de mantener unidos los elementos contrarios [...]» (Bruno: «Epístola Explicativa» a la La Expulsión de la Bestia Triunfante, p. 38.)
2. «A un cuerpo de tamaño infinito no se le puede atribuir ni un centro ni una frontera. En efecto, quien hable de la carencia, el vacío o el éter infinito no le atribuye ni peso ni ligereza, ni arriba ni abajo, ni regiones intermedias y supone, además, que en este espacio hay innumerables cuerpos como nuestra Tierra y otras tierras, nuestro sol y otros soles, todos los cuales giran dentro de este espacio infinito a través de espacios finitos y determinados o en torno a sus propios centros. Así nosotros en nuestra Tierra decimos que ella está en el centro y todos los filósofos de cualquier secta, sean antiguos o modernos, proclamarán sin perjuicio para sus propios principios que éste es sin duda el centro». (Sobre el Infinito: universo y los mundos).
BRUNO, G., Del infinito: el universo y los mundos, M. A. Granada (trad.), Madrid: Alianza Universidad, 1993.
BRUNO, G., La expulsión de la bestia triunfante. E. Schettino y M. L. Rojas (trad.), México: CNCA, 1991.



Francis Bacon, Lord de Verulamio (1561-1626): Novum Organum (1620).

1. «[…] la filosofía natural ha encontrado en todo tiempo un terrible adversario en la superstición y en un celo religioso ciego e inmoderado. […] en el estado actual de las cosas, los teólogos escolásticos, con sus sumas y sus métodos, han hecho muy difícil y peligroso hablar de la naturaleza; pues redactando en cuerpo de doctrinas y bajo la forma de tratados completos toda la teología, lo que ciertamente era de su incumbencia, han hecho más aún, han mezclado al cuerpo de la religión, mucho más de lo que convenía la filosofía espinosa y contenciosa de Aristóteles». (Novum organum, en La gran restauración, af. 89, p. 83.)
2. «[…] veréis la ineptitud de ciertos teólogos llevada al extremo de prohibir o poco menos toda filosofía, por purgada que esté. […] [Algunos astutos teólogos consideran] que si las leyes de la naturaleza son ignoradas, será mucho más fácil atribuir todos y cada uno de los acontecimientos a la potencia y al castigo de Dios, lo que, según ellos, es de grandísimo interés para la religión; y esto no es en realidad otra cosa más que servirse de Dios para la mentira. Otros temen que por el contagio del ejemplo, los movimientos de las revoluciones filosóficas no se comuniquen a la religión, y determinen en ella trastornos de rechazo». (Ídem, p. 84.)
3. «Pero bien considerado, la filosofía natural es, después de la palabra de Dios, el remedio más cierto contra la superstición y al mismo tiempo el más firme sostén de la fe. Con razón sobrada se la da a la religión como la más fiel de las servidoras, puesto que la una manifiesta la voluntad de Dios y la otra su potencia. Es una gran frase aquella que dice: Erráis, no conociendo la Escritura ni la potencia de Dios, en donde están juntas y unidas por un lazo imprescindible, la información de la voluntad y la meditación sobre la potencia». (Ídem, p. 85.).
4. «Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obteniendo el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.» (Ídem, af. 38, pp. 39-40.)
5. «Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano.» (Ídem, af. 39, p. 40)
6. «Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las cosas; muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tienen más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a las cosas, como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe». (Ídem, af. 41, p. 40)
7. «Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las impresiones […]; de suerte que el espíritu humano, tal como está dispuesto en cada uno de los hombres, es cosa en extremo variable, llena de agitaciones y casi gobernada por el azar». (Ídem, af. 42, pp. 40-41)
8. «Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo. He aquí por qué la inteligencia, a la que deplorablemente se impone una lengua mal constituida, se siente importunada de extraña manera. Las definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ella de esta tiranía. Pero las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas». (Ídem, af. 43, p. 41)
9. «Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; les llamamos ídolos del teatro, porque cuantas filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas creadas y representadas cada una de las que contiene un mundo imaginario y teatral». (Ídem, af. 44, p. 41)
10. «La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos […]».(Ídem, af. 40, p.40)
BACON, F., Novum Organum [1620], trad. C. F. Almori (trad.), Buenos Aires: RBA, 2004.

martes, 4 de septiembre de 2007

Fragmentos: Meditaciones Metafísicas

Meditación Primera
1. Duda metódica: «Todo lo que he tenido hasta hoy por más verdadero y seguro, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien: he experimentado varias veces que los sentidos son engañosos, y es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez». (p. 94)
2. Hay ideas simples, de las cuales están compuestas todas las demás ideas: «[...] aun cuando pudieran ser imaginarias esas cosas [ideas] generales, como cuerpo, ojos, cabeza, manos y otras por el estilo, sin embargo, es necesario confesar que hay, por lo menos, algunas otras más simples y universales, que son verdaderas y existentes, de cuya mezcla están formadas todas esas imágenes de las cosas, que residen en nuestro pensamiento, ora sean verdaderas y reales, ora fingidas y fantásticas, como así mismo están formadas de la mezcla de unos cuantos colores verdaderos. Entre las tales cosas están la naturaleza corporal en general y su extensión, y también la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, su número, como asimismo el lugar en donde se hallan, el tiempo que mide su duración y otras semejantes». (p. 95)
3. Genio maligno: «Supondré, pues, no que Dios, que es la bondad suma y la fuente suprema de verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme; [...]».(p. 97)
4. Suspensión del juicio: «[...] pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las demás cosas exteriores no son sino ilusiones y engaños de que hace uso, como cebos, para captar mi credulidad; me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre; creeré que sin tener sentidos, doy falsamente crédito a todas esas cosas; permaneceré obstinadamente adicto a ese pensamiento, y, si por tales medios no llego a poder conocer una verdad, por lo menos en mi mano está el suspender el juicio. Por lo cual, con gran cuidado procuraré no dar crédito a ninguna falsedad, y prepararé mi ingenio tan bien contra las astucias de ese gran burlador, que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada». (p. 97)

Meditación segunda
5. Continúa duda metódica hacia los principios de los cuerpos: « Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; estoy persuadido de que nada de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son ficciones de mi espíritu. ¿Qué, pues, podrá estimarse verdadero? Acaso nada más sino esto: que nada hay cierto en el mundo». (p. 98)
6. Cogito, ergo sum: «No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguiré hacer que yo no sea, mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: «yo soy, yo existo», es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu». (p. 99)
7. Definición de cuerpo (res extensa) y sus propiedades: «En cuanto al cuerpo, no dudaba en modo alguno de su naturaleza, y pensaba que la conocía muy distintamente; y si hubiera querido explicarla, según las nociones que entonces tenía, la hubiera descrito de esta manera: entiendo por cuerpo todo aquello que puede terminar por alguna figura, estar colocado en cierto lugar y llenar un espacio de modo que excluya a cualquier otro cuerpo; todo aquello que pueda ser sentido por el tacto o por la vista, o por el oído, o por el gusto, o por el olfato; que pueda moverse de varias maneras, no ciertamente por sí mismo, pero sí por alguna cosa extraña que lo toque y le comunique la impresión; pues no creía yo que a la naturaleza del cuerpo perteneciese la potencia de moverse por sí mismo, de sentir y pensar [...]». (p. 100)
8. Res cogitans: «Ahora no admito nada que no sea necesariamente verdadero; ya no soy, pues, hablando con precisión, sino una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón, términos éstos cuya significación desconocía yo anteriormente. Soy, pues, una cosa verdadera, verdaderamente existente. Mas ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa». (p. 100)
9. Indagación por la identidad de la res cogitans: «[...] conozco que existo e indago quién soy yo, qué sé que soy. Y es muy cierto que el conocimiento de mí mismo, tomado precisamente así, no depende de las cosas, la existencia de las cuales aún no me es conocida, y, por consiguiente, no depende de ninguna de las que puedo fingir e imaginar, me descubren mi error; pues sería, en efecto, fingir, si imaginase que soy alguna cosa, puesto que imaginar no es sino contemplar la figura o la imagen de una cosa corporal [...]». (p. 101)
10. Modos del pensar: «¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, entiende, concibe, afirma, niega, quiere, no quiere y, también, imagina y siente. [...] el poder de imaginar no deja de estar en mí y formar parte de mi pensamiento. [...]es cierto que me parece que veo la luz, que oigo ruido y que siento calor; esto no puede ser falso, y esto, precisamente, es pensar. ». (p. 101-102)
11. Ejemplo de la cera para probar que el entendimiento percibe las propiedades de los cuerpos, no la imaginación: «¿Qué es, pues, lo que en este trozo de cera se conocía con tanta distinción? Ciertamente no puede ser nada de lo que he notado con los sentidos, puesto que todas las cosas percibidas por el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído han cambiado y, sin embargo, la misma cera permanece. [...] no puedo, por medio de la imaginación, ni siquiera comprender lo que sea este pedazo de cera y que sólo mi entendimiento lo comprende. [...] cuando distingo la cera por un lado y sus formas exteriores por otro y, como si le hubiese quitado su ropaje, la considero desnuda, es cierto que, aunque pueda hacer aún algún error en mi juicio, no puedo, sin embargo, concebirla de esa suerte, sin un espíritu humano. [...] los cuerpos no son propiamente conocidos por los sentidos o por la facultad de imaginar, sino por el entendimiento solo, y que no son conocidos porque los vemos y los tocamos, sino porque los entendemos o comprendemos por el pensamiento [...]». (p. 103-105)
12. El ejemplo de la cera confirma la verdad del cogito: «Yo, que parezco concebir con tanta claridad y distinción este trozo de cera, ¿no me conozco a mí mismo, no sólo con más verdad y certeza, sino con mayor distinción y claridad? Pues si juzgo que la cera es o existe, porque la veo, es cierto que con mucha más evidencia se sigue que yo soy o que yo mismo existo, puesto que la veo; [...]». (p. 105)
Meditación tercera
13. Conclusión del Cogito: la claridad y la distinción son los criterios de verdad: «[...] todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas». (p. 106)
14. Aplicación del método de análisis para identificar las primeras nociones: «[...] para poder encontrar una ocasión de indagar todo eso [i.e., si hay un Dios y si es engañador], sin interrumpir el orden que me he propuesto en estas meditaciones, que es pasar gradualmente de las primeras nociones que halle en mi espíritu a las que pueda luego encontrar, debo dividir aquí todos mis pensamientos en ciertos géneros y considerar en cuáles de estos géneros hay propiamente verdad o error». (p. 108)
15. Tres tipos de modos de pensar: «Entre mis pensamientos unos son como las imágenes de las cosas, y sólo a éstos conviene propiamente el nombre de idea: como cuando me represento a un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen algunas otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo, niego, pues si bien concibo entonces alguna cosa como tema de la acción de mi espíritu, también añado alguna otra cosa, mediante esta acción, a la idea que tengo de aquélla; y de este género de pensamientos, son unos, llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios». (p. 108)
16. La fuente del error y de la falsedad: «[...] en lo que concierne a las ideas, si se consideran solamente en sí mismas, sin referirlas a otra cosa, no pueden, hablando con propiedad, ser falsas, pues ora imagine una cabra o una quimera, no es menos cierto que imagino una u otra. Tampoco es de temer que se encuentre falsedad en las afecciones o voluntades, pues aunque puedo desear cosas malas o que nunca han existido, no deja de ser verdad que las deseo. [...] Ahora bien: el error principal que puede encontrarse en ellos [los juicios] es juzgar que las ideas, que está en mí, son semejantes o conformes a cosas, que están fuera de mí [...]». (p. 108)
17. Tres tipos de ideas: «[...] entre esas ideas unas me parecen nacidas conmigo, y otras extrañas y oriundas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues si tengo la facultad de concebir qué sea lo que, en general, se llama cosa o verdad o pensamiento, me parece que no lo debo sino a mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento el calor, he juzgado siempre que esos sentimientos procedían de algunas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras fantasías por el estilo, son ficciones e invenciones de mi espíritu». (p. 108)
18. Realidad de las ideas: realidad objetiva (idea) = realidad formal (objeto representado): «[...] si, entre las ideas que tengo en mí, hay algunas que existen fuera de mí [...]: si las tales ideas se consideran sólo como ciertos modos de pensar, no reconozco entre ellas ninguna diferencia o desigualdad y todas me parecen proceder de mí de una misma manera; pero si las considero como imágenes que representan unas una cosa y otras otra, es evidente que son muy diferentes unas de otras. Pues en efecto, las que me representan sustancias son sin duda algo más y contienen, por decirlo así, más realidad objetiva, es decir, participan, por representación de más grados de ser o perfección que las que sólo me representan modos o accidentes». (p. 110)
19. Realidad de la idea de Dios: «Además, la idea por la cual un Dios soberano, eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas que están fuera de él, esa idea, digo, tiene ciertamente en sí más realidad objetiva que aquellas otras que me representan sustancias finitas». (p. 110)
20. La realidad del efecto depende de la realidad de su causa: «[...] es cosa manifiesta, por la luz natural, que debe haber, por lo menos, tanta realidad en la causa eficiente y total como en el efecto [...]». (p. 110)
21. Las ideas no pueden tener más realidad que su causa: «[...] la luz natural me hace conocer evidentemente que las ideas son en mí como cuadros o imágenes que pueden, es cierto, decaer fácilmente de la perfección de las cosas de donde han sido sacados, pero que no pueden contener nada más que sea grande o perfecto que ellas». (pp. 111-112).
22. Superación del solipsismo: mi finitud no puede producir la idea de Dios: «[...] si la realidad o perfección objetiva de alguna de mis ideas es tanta, que claramente conozco que esa misma realidad o perfección no está en mí formal o eminentemente, y, por consiguiente, que no puedo ser yo mismo la causa de esa idea, se seguirá necesariamente que no estoy solo en el mundo, sino que hay alguna otra cosa que existe y es causa de esa idea [...]». (p. 112)
23. Propiedades de la materia o extensión y otras nociones simples e innatas: «[...] En lo que toca a las ideas de las cosas corporales, no reconozco en ellas nada tan grande y excelente que no me parezca provenir de mí mismo pues [...] encuentro que no se dan en ella sino poquísimas cosas que yo conciba clara y distintamente, y son, a saber: la magnitud, o sea extensión en longitud, anchura y profundidad; la figura que resulta de la terminación de esta extensión; la situación que los cuerpos, con diferentes figuras, mantienen entre sí; y el movimiento o cambio de esta situación, pudiendo añadirse la sustancia, la duración y el número». (p. 112)
24. Cualidades secundarias, subjetivas y no cuantificables (en su época): «En cuanto a las demás cosas, luz, colores, sonidos, olores, sabores, calor, frío y otras cualidades que caen bajo el tacto, se hallan en mi pensamiento tan oscuras y confusas, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas [...]». (p. 112)
25. Ideas innatas que concibo con ocasión de la experiencia: «En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corporales, hay algunas que me parece que he podido sacar de la idea que tengo de mí mismo, como son las de sustancia, duración, número y otras semejantes». (p. 113)
26. La idea que infinitud divina no es producto de la negación de la idea de finitud: «[...] no debo imaginar que no concibo el infinito por medio de una verdadera idea y sí sólo por negación de lo finito, como la quietud y la oscuridad las comprendo porque niego el movimiento y la luz; no, pues veo manifiestamente, pro el contrario, que hay más realidad en la sustancia infinita que en la finita y, por tanto que, en cierto modo, tengo en mí mismo la noción de infinito antes que la de finito, es decir, antes la de Dios que la de mí mismo; pues ¿sería posible que yo conociera que dudo y que deseo, es decir, que algo me falta y que no soy totalmente perfecto, si no tuviera la idea de un ser más perfecto que yo, con el cual me comparo y de cuya comparación resultan los defectos de mi naturaleza?». (p. 114)
27. Conclusión de la primera prueba de la existencia de Dios: «[...] comprendo muy bien que el ser objetivo de una idea no puede resultar de un ser que existe sólo en potencia y propiamente no es nada, sino sólo de un ser formal o actual». (p. 115)
28. La finitud humana: «[...] si yo fuese independiente de cualquier otro ser, si yo mismo fuese el autor de mi ser, no dudaría de cosa alguna, no sentiría deseos, no carecería de perfección alguna, pues me habría dado a mí mismo todas aquellas de que tengo alguna idea; yo sería Dios». (p. 116)
29. Paradoja de Zenón: infinita división del tiempo en instantes: «[...] el tiempo de mi vida puede dividirse en una infinidad de partes, cada una de las cuales no depende en modo alguna de las demás; y así, de que yo haya existido un poco antes no se sigue que deba existir ahora, a no ser que en este momento alguna causa me produzca y me cree, por decirlo así, de nuevo, es decir, me conserve. En efecto, [...] una sustancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, necesita del mismo poder y la misma acción que sería necesaria para producirla y crearla de nuevo, si no lo estuviere ya, de suerte que [...] la conservación y la creación no difieren sino en nuestro modo de pensar, y no efectivamente». (p. 116)
30. Conclusión de la segunda prueba de la existencia de Dios: «[...] puesto que soy una cosa que piensa y que tiene alguna idea de Dios, sea cual fuere la causa de mi ser, es necesario confesar que también será una cosa que piensa y que tiene en sí todas las perfecciones que atribuyo a Dios. Podrá indagarse [...] si esta causa recibe de sí misma su existencia y origen si de alguna otra cosa. Si la tiene por sí misma, se infiere [...] que es Dios, puesto que teniendo la virtud de ser y existir por sí misma, debe tener también, sin duda, el poder de poseer actualmente todas las perfecciones cuyas ideas están en ella; es decir, todas las perfecciones que concibo en Dios». (p. 117)

jueves, 30 de agosto de 2007