
Montaigne (1533-1592): «Apología de Raimundo Sabunde» (ca. 1576), crítica a los fundamentos del conocimiento:
1. «Decía Teofrastro que el conocimiento humano, guiado por los sentidos, podía juzgar de las causas de las cosas hasta cierto punto, mas que, en llegando a la causas extremas y primeras, había de detenerse y retroceder a causa de su debilidad o de la dificultad de las cosas». («Apología…», en Ensayos, vol. II, pp. 287.)
2. Es idea moderada y suave el que nuestra inteligencia pueda llevarnos hasta el conocimiento de algunas cosas y que tenga cierto grado de poder más allá de cual es temerario emplearla. Esta opinión es plausible y fue introducida por gentes sensatas; mas es difícil poner límites a nuestra mente: es curiosa y ávida y no halla ocasión para detenerse ni a mil pasos, ni a cincuenta. Habiéndose probado por la experiencia que aquello en lo que uno falló, otro lo consiguió; y que lo que era desconocido para un siglo, el siglo siguiente lo esclareció; y que las ciencias y las artes no se echan en un molde sino que se forman y moldean poco a poco […] lo que no pueden descubrir mis fuerzas, no dejo de sondearlo y tantearlo; y tentando y amasando esta nueva materia [como si fuera cera], removiéndola y calentándola, abro al que me sigue cierta vía para gozar de ella más a sus anchas y se la entrego más elástica y manejable». (Ídem, pp. 287-288.)
3. «El hombre es tan capaz de todas las cosas como de ninguna; y si reconoce, como dice Teofrasto, que ignora las causas primeras y los principios, que abandone con osadía todo el resto de su ciencia: si el fundamento le falla, su razonamiento se viene abajo; el disputar y el preguntar no tiene más meta ni punto final que los principios; si este objetivo no detiene su curso, se lanza a una irresolución infinita». (Ídem, p. 288.)
4. «[…] todo conocimiento llega hasta nosotros por medio de los sentidos: son nuestros amos. […] La ciencia empieza en ellos y se resuelve en ellos. Después de todo, no sabríamos más que una piedra sin o supiéramos que hay sonido, olor, luz, sabor, tamaño, peso, blandura, dureza, aspereza, color, suavidad, anchura, profundidad. He aquí el plano y los principios de todo el edificio de nuestro conocimiento. Y según algunos, conocimiento no es otra cosa sino sensación. Quienquiera que pueda forzarme a contradecir a los sentidos, me tiene cogido por el cuello, no podría hacerme retroceder más atrás. Los sentidos son el principio y el fin del conocimiento humano […]». (Ídem, p. 322.)
5. «Sólo la fe abraza con determinación y seguridad los altos misterios de nuestra religión. Mas aun así, no por ello deja de ser muy hermosa y loable la empresa de poner al servicio de nuestra fe los instrumentos naturales y humanos que Dios nos ha dado. No hay duda de que es el empleo más honorable que podríamos darles, y que no hay otra ocupación ni otro propósito más digno de un hombre cristiano, que intentar, mediante todos sus estudios y pensamientos, embellecer, extender y ampliar la verdad de sus creencias». (Ídem, p. 135.)
6. «Sólo las cosas que nos vienen del cielo tienen derecho y autoridad para persuadir; sólo ellas tienen la marca de la verdad; verdad que no vemos por nuestros ojos, ni la aceptamos por nuestros medios: esta santa y grande imagen no cabría en tan mísero domicilio si Dios a este efecto no lo preparase, si no lo reformase y fortificase por su gracia y favor particular y sobrenatural». (Ídem, p. 292.)
MONTAIGNE, M. de, «Apología de Raimundo Sabunde» [ca. 1576], en Ensayos, 2º tomo, D. Picazo y A. Montojo (trad.), Madrid: Cátedra, 1998, pp. 132-343.

Giordano Bruno (1549-1600).
1. «[…] de la eterna sustancia corpórea (la cual no puede surgir de la nada, ni tampoco es aniquilable, sino que sólo se puede ratificar, condensar, ordenar y configurar), el compuesto se disuelve, se transforma su constitución, cambia la figura, se altera el ser, varía la fortuna, permaneciendo siempre lo que en sustancia son los elementos; y eso mismo, que siempre fue, permaneciendo uno el principio material, es la verdadera sustancia de las cosas, eterna, ingenerable, incorruptible. [...] de la eterna sustancia incorpórea nada cambia, se forma o deforma, sino que permanece siempre de igual modo, que no puede ser sujeto de disolución, como tampoco es posible que lo sea de composición; [...] la sustancia espiritual, aunque tenga familiaridad con los cuerpos, no se debe pensar que realmente entre en composición y mezcla con aquellos, [...] Mas existe una cosa, un principio interno eficiente e informativo, desde el cual, por el cual y en relación al cual se realiza la composición. [...] En él radica la eficacia de mantener unidos los elementos contrarios [...]» (Bruno: «Epístola Explicativa» a la La Expulsión de la Bestia Triunfante, p. 38.)
2. «A un cuerpo de tamaño infinito no se le puede atribuir ni un centro ni una frontera. En efecto, quien hable de la carencia, el vacío o el éter infinito no le atribuye ni peso ni ligereza, ni arriba ni abajo, ni regiones intermedias y supone, además, que en este espacio hay innumerables cuerpos como nuestra Tierra y otras tierras, nuestro sol y otros soles, todos los cuales giran dentro de este espacio infinito a través de espacios finitos y determinados o en torno a sus propios centros. Así nosotros en nuestra Tierra decimos que ella está en el centro y todos los filósofos de cualquier secta, sean antiguos o modernos, proclamarán sin perjuicio para sus propios principios que éste es sin duda el centro». (Sobre el Infinito: universo y los mundos).
BRUNO, G., Del infinito: el universo y los mundos, M. A. Granada (trad.), Madrid: Alianza Universidad, 1993.
BRUNO, G., La expulsión de la bestia triunfante. E. Schettino y M. L. Rojas (trad.), México: CNCA, 1991.

Francis Bacon, Lord de Verulamio (1561-1626): Novum Organum (1620).
1. «[…] la filosofía natural ha encontrado en todo tiempo un terrible adversario en la superstición y en un celo religioso ciego e inmoderado. […] en el estado actual de las cosas, los teólogos escolásticos, con sus sumas y sus métodos, han hecho muy difícil y peligroso hablar de la naturaleza; pues redactando en cuerpo de doctrinas y bajo la forma de tratados completos toda la teología, lo que ciertamente era de su incumbencia, han hecho más aún, han mezclado al cuerpo de la religión, mucho más de lo que convenía la filosofía espinosa y contenciosa de Aristóteles». (Novum organum, en La gran restauración, af. 89, p. 83.)
2. «[…] veréis la ineptitud de ciertos teólogos llevada al extremo de prohibir o poco menos toda filosofía, por purgada que esté. […] [Algunos astutos teólogos consideran] que si las leyes de la naturaleza son ignoradas, será mucho más fácil atribuir todos y cada uno de los acontecimientos a la potencia y al castigo de Dios, lo que, según ellos, es de grandísimo interés para la religión; y esto no es en realidad otra cosa más que servirse de Dios para la mentira. Otros temen que por el contagio del ejemplo, los movimientos de las revoluciones filosóficas no se comuniquen a la religión, y determinen en ella trastornos de rechazo». (Ídem, p. 84.)
3. «Pero bien considerado, la filosofía natural es, después de la palabra de Dios, el remedio más cierto contra la superstición y al mismo tiempo el más firme sostén de la fe. Con razón sobrada se la da a la religión como la más fiel de las servidoras, puesto que la una manifiesta la voluntad de Dios y la otra su potencia. Es una gran frase aquella que dice: Erráis, no conociendo la Escritura ni la potencia de Dios, en donde están juntas y unidas por un lazo imprescindible, la información de la voluntad y la meditación sobre la potencia». (Ídem, p. 85.).
4. «Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obteniendo el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.» (Ídem, af. 38, pp. 39-40.)
5. «Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano.» (Ídem, af. 39, p. 40)
6. «Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las cosas; muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tienen más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a las cosas, como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe». (Ídem, af. 41, p. 40)
7. «Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las impresiones […]; de suerte que el espíritu humano, tal como está dispuesto en cada uno de los hombres, es cosa en extremo variable, llena de agitaciones y casi gobernada por el azar». (Ídem, af. 42, pp. 40-41)
8. «Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo. He aquí por qué la inteligencia, a la que deplorablemente se impone una lengua mal constituida, se siente importunada de extraña manera. Las definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ella de esta tiranía. Pero las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas». (Ídem, af. 43, p. 41)
9. «Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; les llamamos ídolos del teatro, porque cuantas filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas creadas y representadas cada una de las que contiene un mundo imaginario y teatral». (Ídem, af. 44, p. 41)
10. «La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos […]».(Ídem, af. 40, p.40)
BACON, F., Novum Organum [1620], trad. C. F. Almori (trad.), Buenos Aires: RBA, 2004.
No hay comentarios:
Publicar un comentario