lunes, 17 de septiembre de 2007

Fragmentos: Thomas Hobbes




Tomás HOBBES. Leviatán. (Trad. M. Sánchez Sarto.) México: FCE, 1980.


Capítulo XIII: «De la condición natural del género humano, en lo que concierne a su felicidad y su miseria».
[Hombres iguales por naturaleza]
[1] La Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra.
[2] En cuanto a las facultades mentales (si se prescinde de las artes fundadas sobre las palabras, y, en particular, de la destreza en actuar según reglas generales e infalibles, lo que se llama ciencia, arte que pocos tienen, y aun éstos en muy pocas cosas, ya que no se trata de una facultad innata, o nacida con nosotros, ni alcanzada, como la prudencia, mientras perseguimos algo distinto) yo encuentro aún una igualdad más grande, entre los hombres, que en lo referente a la fuerza. Porque la prudencia no es sino experiencia; cosa que todos lo hombres alcanzan por igual, en tiempos iguales, y en aquellas cosas a las cuales se consagran por igual. Lo que acaso puede hacer increíble tal igualdad, no es sino un vano concepto de la propia sabiduría, que la mayor parte de los hombres piensan poseer en más alto grado que el común de las gentes, es decir, que todos los hombres con excepción de ellos mismos y de unos pocos más a quienes reconocen su valía, ya sea por la fama de que gozan o por la coincidencia con ellos mismos. Tal es, en efecto, la naturaleza de los hombres que reconocen que otros son más sagaces, más elocuentes o más cultos, difícilmente llegan a creer que haya muchos tan sabios como ellos mismos, ya que cada uno ve su propio talento a la mano, y el de los demás hombres a distancia. Pero esto lo que mejor prueba que los hombres son en este punto más bien iguales que desiguales. No hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución igual de una cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le corresponde.
[De la igualdad procede la desconfianza]
[3] De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre; si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros.
[De la desconfianza, la guerra]
[4] Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan razonable existe para que un hombre se proteja mismo, como la anticipación, es decir, el dominar por de la fuerza o por la astucia a todos los hombres que pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder paz de amenazarle. Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente permitido. Como algunos se complacen en contemplar su propio poder en los actos de conquista, prosiguiéndolos más allá de lo que su seguridad requiere, otros, que en diferentes circunstancias serían felices manteniéndose dentro de límites modestos, si no aumentan su fuerza por medio de la invasión, no podrán subsistir, durante mucho tiempo, si se sitúan solamente en plan defensivo. Por consiguiente siendo necesario, para la conservación de un hombre, aumentar su dominio sobre los semejantes, se le debe permitir también.
[5] Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En efecto, cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del mismo modo que él se valora a sí mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura naturalmente, en la medida en que puede atreverse a ello (lo que entre quienes no reconocen ningún poder común que los sujete, es suficiente para hacer que se destruyan uno a otro), arrancar una mayor estimación de sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás por el ejemplo.
[6] Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.
[7] La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido.
[Fuera del Estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos]
[8] Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente. Por ello la noción del tiempo debe ser tenida en cuenta respecto a la naturaleza de la guerra, como respecto a la naturaleza del clima. En efecto, así como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos chubascos, sino en la propensión a llover durante varios días, así la naturaleza de la guerra consiste no ya en la lucha actual, sino en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. Todo el tiempo restante es de paz.
[Son incomodidades de una guerra semejante]
[9] Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.
[10] A quien no pondere estas cosas puede parecerle extraño que la Naturaleza venga a disociar y haga a los hombres aptos para invadir y destruirse mutuamente; y puede ocurrir que no confiando en esta inferencia basada en las pasiones, desee, acaso, verla confirmada por la experiencia. Haced, pues, que se considere a sí mismo; cuando emprende una jornada, se procura armas y trata de ir bien acompañado; cuando va a dormir cierra las puertas; cuando se halla en su propia casa, echa la llave a sus arcas; y todo esto aun sabiendo que existen leyes y funcionarios públicos armados para vengar todos los daños que le hagan. ¿Qué opinión tiene, así, de sus conciudadanos, cuando armado; de sus vecinos, cuando cierra sus puertas; de sus hijos y sirvientes, cuando cierra sus arcas? ¿No significa esto acusar a la humanidad con sus actos, como yo lo hago con mis palabras? Ahora bien, ninguno de nosotros acusa con ello a la naturaleza humana. Los deseos y otras pasiones del hombre no son pecados, en sí mismos; tampoco lo son los actos que de las pasiones proceden hasta que consta que una ley las prohíbe: que los hombres no pueden conocer las leyes antes de que sean hechas, ni puede hacerse una ley hasta que los hombres se pongan de acuerdo con respecto a la persona que debe promulgarla.
[11] Acaso puede pensarse que nunca existió un tiempo o condición en que se diera una guerra semejante, y, en efecto, yo creo que nunca ocurrió generalmente así, en el mundo entero; pero existen varios lugares donde viven ahora de ese modo. Los pueblos salvajes en varias comarcas de América, si se exceptúa el régimen de pequeñas familias cuya concordia depende de la concupiscencia natural, carecen de gobierno en absoluto, y viven actualmente en ese estado bestial a que me he referido. De cualquier modo que sea, puede percibirse cuál será el género de vida cuando no exista un poder común que temer, pues el régimen de vida de los hombres que antes vivían bajo un gobierno pacífico, suele degenerar en una guerra civil.
[12] Ahora bien, aunque nunca existió un tiempo en que los hombres particulares se hallaran en una situación de guerra de uno contra otro, en todas las épocas, los reyes y personas revestidas con autoridad soberana, celosos de su independencia, se hallan en estado de continua enemistad, en la situación y postura de los gladiadores, con las armas asestadas y los ojos fijos uno en otro. Es decir, con sus fuertes guarniciones y cañones en guardia en las fronteras de sus reinos, con espías entre sus vecinos, todo lo cual implica una actitud de guerra. Pero como a la vez defienden también la industria de sus súbditos, no resulta de esto aquella miseria que acompaña a la libertad de los hombres particulares.
[En semejante guerra nada es injusto]
[13] En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo. Todo ello puede afirmarse de esa miserable condición en que el hombre se encuentra por obra de la simple naturaleza, si bien tiene una cierta posibilidad de superar ese estado, en parte por sus pasiones, en parte por su razón.
[Pasiones que inclinan los hombres a la paz]
[14] Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de paz, a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por otra parte, se llaman leyes de naturaleza: a ellas voy a referirme, más particularmente en los dos capítulos siguientes.

1. «En el estado de naturaleza se da en todos una voluntad agresiva, pero no se da por la misma causa, ni es igualmente condenable. Ya que algunos, según la igualdad natural, permiten a los demás lo mismo que se permiten ellos (lo cual es propio de los hombres modestos). Otros en cambio, creyéndose superiores a los demás, se permiten todo únicamente a sí mismos y se arrogan honor ante los demás (lo cual es propio de una condición feroz). […] Además, al ser muy grande la rivalidad de ingenios, necesariamente de ella se originan las mayores discordias. Pues resulta odioso tanto el luchar contra algo como el no llegar a un acuerdo». (De Cive, 1, 4-5.)
2. «El DERECHO DE NATURALEZA, lo que los escritores llaman comúnmente jus naturale, es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera, para la conservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su propio juicio y razón considere como los medios más aptos para lograr ese fin». (Leviatán, xiv, 1, p. 64).
3. «La LIBERTAD se entiende, de acuerdo con el significado propio de la palabra, la ausencia de impedimentos externos, impedimentos que con frecuencia reducen parte del poder que un hombre tiene de hacer lo que quiere; pero no pueden impedirle que use el poder que le resta, de acuerdo con lo que su juicio y razón le dicte». (Leviatán, xiv, 2, p. 64).
4. «Ley de naturaleza (lex naturalis) es un precepto o norma general, establecida por la razón, en virtud de la cual se prohíbe a un hombre hacer lo que puede destruir du vida o privarle de los medios de conservarla; o bien, omitir aquello mediante lo cual piensa que puede quedar su vida mejor preservada. Aunque quienes se ocupan de estas cuestiones acostumbran confundir jus y lex, derecho y ley, precisa distinguir esos términos, porque el DERECHO consiste en la libertad de hacer o de omitir, mientras que la LEY determina y obliga a una de esas dos cosas. Así la ley y el derecho difieren tanto como la obligación y la libertad, que son incompatibles cuando se refieren a una misma materia». (Leviatán, xiv, 3, p. 64).
3. El primer precepto de la razón o primera ley de la naturaleza es que: «[…] cada hombre debe esforzarse por la paz, mientras tiene la esperanza de lograrla; y cuando no puede obtenerla, debe buscar y utilizar todas las ayudas y ventajas de la guerra». (Leviatán, xiv, 4, p. 64-65)
4. La segunda ley de la naturaleza es: «[…] que uno acceda, si los demás consienten también, y mientras se considere necesario para la paz y defensa de sí mismo, a renunciar este derecho a todas las cosas y a satisfacerse con la misma libertad, frente a los demás hombres, que les sea concebida a los demás con respecto a él mismo. […] Renunciar un derecho a cierta cosa es despojarse a sí mismo de la libertad de impedir a otro el beneficio del propio derecho a la cosa en cuestión». (Leviatán, xiv, 5-6, p. 65)
5. «[…] si la mayoría ha proclamado un soberano mediante votos concordes, quien disiente debe ahora consentir con el resto, es decir, avenirse a reconocer todos los actos que realice, o bien exponerse a ser eliminado por el resto». (Leviatán, cap. xviii, 5)
6. «[…] es inherente a la soberanía el ser juez acerca de qué opiniones y doctrinas son adversas y cuáles conducen a la paz; y, por consiguiente, en qué ocasiones, hasta qué punto y respecto y respecto de qué puede confiarse en los hombres, cuando hablan a las multitudes, y quien debe examinar las doctrinas de todos los libros antes de ser publicados. Porque los actos de los hombres proceden de sus opiniones, y en el buen gobierno de las opiniones consiste el buen gobierno de los actos humanos respecto a su paz y concordia». (Leviatán, cap. xviii, 9)

sábado, 8 de septiembre de 2007

Framentos: Montaigne, Bruno, Bacon.




Montaigne (1533-1592): «Apología de Raimundo Sabunde» (ca. 1576), crítica a los fundamentos del conocimiento:

1. «Decía Teofrastro que el conocimiento humano, guiado por los sentidos, podía juzgar de las causas de las cosas hasta cierto punto, mas que, en llegando a la causas extremas y primeras, había de detenerse y retroceder a causa de su debilidad o de la dificultad de las cosas». («Apología…», en Ensayos, vol. II, pp. 287.)
2. Es idea moderada y suave el que nuestra inteligencia pueda llevarnos hasta el conocimiento de algunas cosas y que tenga cierto grado de poder más allá de cual es temerario emplearla. Esta opinión es plausible y fue introducida por gentes sensatas; mas es difícil poner límites a nuestra mente: es curiosa y ávida y no halla ocasión para detenerse ni a mil pasos, ni a cincuenta. Habiéndose probado por la experiencia que aquello en lo que uno falló, otro lo consiguió; y que lo que era desconocido para un siglo, el siglo siguiente lo esclareció; y que las ciencias y las artes no se echan en un molde sino que se forman y moldean poco a poco […] lo que no pueden descubrir mis fuerzas, no dejo de sondearlo y tantearlo; y tentando y amasando esta nueva materia [como si fuera cera], removiéndola y calentándola, abro al que me sigue cierta vía para gozar de ella más a sus anchas y se la entrego más elástica y manejable». (Ídem, pp. 287-288.)
3. «El hombre es tan capaz de todas las cosas como de ninguna; y si reconoce, como dice Teofrasto, que ignora las causas primeras y los principios, que abandone con osadía todo el resto de su ciencia: si el fundamento le falla, su razonamiento se viene abajo; el disputar y el preguntar no tiene más meta ni punto final que los principios; si este objetivo no detiene su curso, se lanza a una irresolución infinita». (Ídem, p. 288.)
4. «[…] todo conocimiento llega hasta nosotros por medio de los sentidos: son nuestros amos. […] La ciencia empieza en ellos y se resuelve en ellos. Después de todo, no sabríamos más que una piedra sin o supiéramos que hay sonido, olor, luz, sabor, tamaño, peso, blandura, dureza, aspereza, color, suavidad, anchura, profundidad. He aquí el plano y los principios de todo el edificio de nuestro conocimiento. Y según algunos, conocimiento no es otra cosa sino sensación. Quienquiera que pueda forzarme a contradecir a los sentidos, me tiene cogido por el cuello, no podría hacerme retroceder más atrás. Los sentidos son el principio y el fin del conocimiento humano […]». (Ídem, p. 322.)
5. «Sólo la fe abraza con determinación y seguridad los altos misterios de nuestra religión. Mas aun así, no por ello deja de ser muy hermosa y loable la empresa de poner al servicio de nuestra fe los instrumentos naturales y humanos que Dios nos ha dado. No hay duda de que es el empleo más honorable que podríamos darles, y que no hay otra ocupación ni otro propósito más digno de un hombre cristiano, que intentar, mediante todos sus estudios y pensamientos, embellecer, extender y ampliar la verdad de sus creencias». (Ídem, p. 135.)
6. «Sólo las cosas que nos vienen del cielo tienen derecho y autoridad para persuadir; sólo ellas tienen la marca de la verdad; verdad que no vemos por nuestros ojos, ni la aceptamos por nuestros medios: esta santa y grande imagen no cabría en tan mísero domicilio si Dios a este efecto no lo preparase, si no lo reformase y fortificase por su gracia y favor particular y sobrenatural». (Ídem, p. 292.)

MONTAIGNE, M. de, «Apología de Raimundo Sabunde» [ca. 1576], en Ensayos, 2º tomo, D. Picazo y A. Montojo (trad.), Madrid: Cátedra, 1998, pp. 132-343.







Giordano Bruno (1549-1600).

1. «[…] de la eterna sustancia corpórea (la cual no puede surgir de la nada, ni tampoco es aniquilable, sino que sólo se puede ratificar, condensar, ordenar y configurar), el compuesto se disuelve, se transforma su constitución, cambia la figura, se altera el ser, varía la fortuna, permaneciendo siempre lo que en sustancia son los elementos; y eso mismo, que siempre fue, permaneciendo uno el principio material, es la verdadera sustancia de las cosas, eterna, ingenerable, incorruptible. [...] de la eterna sustancia incorpórea nada cambia, se forma o deforma, sino que permanece siempre de igual modo, que no puede ser sujeto de disolución, como tampoco es posible que lo sea de composición; [...] la sustancia espiritual, aunque tenga familiaridad con los cuerpos, no se debe pensar que realmente entre en composición y mezcla con aquellos, [...] Mas existe una cosa, un principio interno eficiente e informativo, desde el cual, por el cual y en relación al cual se realiza la composición. [...] En él radica la eficacia de mantener unidos los elementos contrarios [...]» (Bruno: «Epístola Explicativa» a la La Expulsión de la Bestia Triunfante, p. 38.)
2. «A un cuerpo de tamaño infinito no se le puede atribuir ni un centro ni una frontera. En efecto, quien hable de la carencia, el vacío o el éter infinito no le atribuye ni peso ni ligereza, ni arriba ni abajo, ni regiones intermedias y supone, además, que en este espacio hay innumerables cuerpos como nuestra Tierra y otras tierras, nuestro sol y otros soles, todos los cuales giran dentro de este espacio infinito a través de espacios finitos y determinados o en torno a sus propios centros. Así nosotros en nuestra Tierra decimos que ella está en el centro y todos los filósofos de cualquier secta, sean antiguos o modernos, proclamarán sin perjuicio para sus propios principios que éste es sin duda el centro». (Sobre el Infinito: universo y los mundos).
BRUNO, G., Del infinito: el universo y los mundos, M. A. Granada (trad.), Madrid: Alianza Universidad, 1993.
BRUNO, G., La expulsión de la bestia triunfante. E. Schettino y M. L. Rojas (trad.), México: CNCA, 1991.



Francis Bacon, Lord de Verulamio (1561-1626): Novum Organum (1620).

1. «[…] la filosofía natural ha encontrado en todo tiempo un terrible adversario en la superstición y en un celo religioso ciego e inmoderado. […] en el estado actual de las cosas, los teólogos escolásticos, con sus sumas y sus métodos, han hecho muy difícil y peligroso hablar de la naturaleza; pues redactando en cuerpo de doctrinas y bajo la forma de tratados completos toda la teología, lo que ciertamente era de su incumbencia, han hecho más aún, han mezclado al cuerpo de la religión, mucho más de lo que convenía la filosofía espinosa y contenciosa de Aristóteles». (Novum organum, en La gran restauración, af. 89, p. 83.)
2. «[…] veréis la ineptitud de ciertos teólogos llevada al extremo de prohibir o poco menos toda filosofía, por purgada que esté. […] [Algunos astutos teólogos consideran] que si las leyes de la naturaleza son ignoradas, será mucho más fácil atribuir todos y cada uno de los acontecimientos a la potencia y al castigo de Dios, lo que, según ellos, es de grandísimo interés para la religión; y esto no es en realidad otra cosa más que servirse de Dios para la mentira. Otros temen que por el contagio del ejemplo, los movimientos de las revoluciones filosóficas no se comuniquen a la religión, y determinen en ella trastornos de rechazo». (Ídem, p. 84.)
3. «Pero bien considerado, la filosofía natural es, después de la palabra de Dios, el remedio más cierto contra la superstición y al mismo tiempo el más firme sostén de la fe. Con razón sobrada se la da a la religión como la más fiel de las servidoras, puesto que la una manifiesta la voluntad de Dios y la otra su potencia. Es una gran frase aquella que dice: Erráis, no conociendo la Escritura ni la potencia de Dios, en donde están juntas y unidas por un lazo imprescindible, la información de la voluntad y la meditación sobre la potencia». (Ídem, p. 85.).
4. «Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obteniendo el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.» (Ídem, af. 38, pp. 39-40.)
5. «Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano.» (Ídem, af. 39, p. 40)
6. «Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las cosas; muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tienen más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a las cosas, como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe». (Ídem, af. 41, p. 40)
7. «Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las impresiones […]; de suerte que el espíritu humano, tal como está dispuesto en cada uno de los hombres, es cosa en extremo variable, llena de agitaciones y casi gobernada por el azar». (Ídem, af. 42, pp. 40-41)
8. «Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo. He aquí por qué la inteligencia, a la que deplorablemente se impone una lengua mal constituida, se siente importunada de extraña manera. Las definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ella de esta tiranía. Pero las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas». (Ídem, af. 43, p. 41)
9. «Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; les llamamos ídolos del teatro, porque cuantas filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas creadas y representadas cada una de las que contiene un mundo imaginario y teatral». (Ídem, af. 44, p. 41)
10. «La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos […]».(Ídem, af. 40, p.40)
BACON, F., Novum Organum [1620], trad. C. F. Almori (trad.), Buenos Aires: RBA, 2004.

martes, 4 de septiembre de 2007

Fragmentos: Meditaciones Metafísicas

Meditación Primera
1. Duda metódica: «Todo lo que he tenido hasta hoy por más verdadero y seguro, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien: he experimentado varias veces que los sentidos son engañosos, y es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez». (p. 94)
2. Hay ideas simples, de las cuales están compuestas todas las demás ideas: «[...] aun cuando pudieran ser imaginarias esas cosas [ideas] generales, como cuerpo, ojos, cabeza, manos y otras por el estilo, sin embargo, es necesario confesar que hay, por lo menos, algunas otras más simples y universales, que son verdaderas y existentes, de cuya mezcla están formadas todas esas imágenes de las cosas, que residen en nuestro pensamiento, ora sean verdaderas y reales, ora fingidas y fantásticas, como así mismo están formadas de la mezcla de unos cuantos colores verdaderos. Entre las tales cosas están la naturaleza corporal en general y su extensión, y también la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, su número, como asimismo el lugar en donde se hallan, el tiempo que mide su duración y otras semejantes». (p. 95)
3. Genio maligno: «Supondré, pues, no que Dios, que es la bondad suma y la fuente suprema de verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme; [...]».(p. 97)
4. Suspensión del juicio: «[...] pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las demás cosas exteriores no son sino ilusiones y engaños de que hace uso, como cebos, para captar mi credulidad; me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre; creeré que sin tener sentidos, doy falsamente crédito a todas esas cosas; permaneceré obstinadamente adicto a ese pensamiento, y, si por tales medios no llego a poder conocer una verdad, por lo menos en mi mano está el suspender el juicio. Por lo cual, con gran cuidado procuraré no dar crédito a ninguna falsedad, y prepararé mi ingenio tan bien contra las astucias de ese gran burlador, que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada». (p. 97)

Meditación segunda
5. Continúa duda metódica hacia los principios de los cuerpos: « Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; estoy persuadido de que nada de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son ficciones de mi espíritu. ¿Qué, pues, podrá estimarse verdadero? Acaso nada más sino esto: que nada hay cierto en el mundo». (p. 98)
6. Cogito, ergo sum: «No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguiré hacer que yo no sea, mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: «yo soy, yo existo», es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu». (p. 99)
7. Definición de cuerpo (res extensa) y sus propiedades: «En cuanto al cuerpo, no dudaba en modo alguno de su naturaleza, y pensaba que la conocía muy distintamente; y si hubiera querido explicarla, según las nociones que entonces tenía, la hubiera descrito de esta manera: entiendo por cuerpo todo aquello que puede terminar por alguna figura, estar colocado en cierto lugar y llenar un espacio de modo que excluya a cualquier otro cuerpo; todo aquello que pueda ser sentido por el tacto o por la vista, o por el oído, o por el gusto, o por el olfato; que pueda moverse de varias maneras, no ciertamente por sí mismo, pero sí por alguna cosa extraña que lo toque y le comunique la impresión; pues no creía yo que a la naturaleza del cuerpo perteneciese la potencia de moverse por sí mismo, de sentir y pensar [...]». (p. 100)
8. Res cogitans: «Ahora no admito nada que no sea necesariamente verdadero; ya no soy, pues, hablando con precisión, sino una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón, términos éstos cuya significación desconocía yo anteriormente. Soy, pues, una cosa verdadera, verdaderamente existente. Mas ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa». (p. 100)
9. Indagación por la identidad de la res cogitans: «[...] conozco que existo e indago quién soy yo, qué sé que soy. Y es muy cierto que el conocimiento de mí mismo, tomado precisamente así, no depende de las cosas, la existencia de las cuales aún no me es conocida, y, por consiguiente, no depende de ninguna de las que puedo fingir e imaginar, me descubren mi error; pues sería, en efecto, fingir, si imaginase que soy alguna cosa, puesto que imaginar no es sino contemplar la figura o la imagen de una cosa corporal [...]». (p. 101)
10. Modos del pensar: «¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, entiende, concibe, afirma, niega, quiere, no quiere y, también, imagina y siente. [...] el poder de imaginar no deja de estar en mí y formar parte de mi pensamiento. [...]es cierto que me parece que veo la luz, que oigo ruido y que siento calor; esto no puede ser falso, y esto, precisamente, es pensar. ». (p. 101-102)
11. Ejemplo de la cera para probar que el entendimiento percibe las propiedades de los cuerpos, no la imaginación: «¿Qué es, pues, lo que en este trozo de cera se conocía con tanta distinción? Ciertamente no puede ser nada de lo que he notado con los sentidos, puesto que todas las cosas percibidas por el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído han cambiado y, sin embargo, la misma cera permanece. [...] no puedo, por medio de la imaginación, ni siquiera comprender lo que sea este pedazo de cera y que sólo mi entendimiento lo comprende. [...] cuando distingo la cera por un lado y sus formas exteriores por otro y, como si le hubiese quitado su ropaje, la considero desnuda, es cierto que, aunque pueda hacer aún algún error en mi juicio, no puedo, sin embargo, concebirla de esa suerte, sin un espíritu humano. [...] los cuerpos no son propiamente conocidos por los sentidos o por la facultad de imaginar, sino por el entendimiento solo, y que no son conocidos porque los vemos y los tocamos, sino porque los entendemos o comprendemos por el pensamiento [...]». (p. 103-105)
12. El ejemplo de la cera confirma la verdad del cogito: «Yo, que parezco concebir con tanta claridad y distinción este trozo de cera, ¿no me conozco a mí mismo, no sólo con más verdad y certeza, sino con mayor distinción y claridad? Pues si juzgo que la cera es o existe, porque la veo, es cierto que con mucha más evidencia se sigue que yo soy o que yo mismo existo, puesto que la veo; [...]». (p. 105)
Meditación tercera
13. Conclusión del Cogito: la claridad y la distinción son los criterios de verdad: «[...] todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas». (p. 106)
14. Aplicación del método de análisis para identificar las primeras nociones: «[...] para poder encontrar una ocasión de indagar todo eso [i.e., si hay un Dios y si es engañador], sin interrumpir el orden que me he propuesto en estas meditaciones, que es pasar gradualmente de las primeras nociones que halle en mi espíritu a las que pueda luego encontrar, debo dividir aquí todos mis pensamientos en ciertos géneros y considerar en cuáles de estos géneros hay propiamente verdad o error». (p. 108)
15. Tres tipos de modos de pensar: «Entre mis pensamientos unos son como las imágenes de las cosas, y sólo a éstos conviene propiamente el nombre de idea: como cuando me represento a un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen algunas otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo, niego, pues si bien concibo entonces alguna cosa como tema de la acción de mi espíritu, también añado alguna otra cosa, mediante esta acción, a la idea que tengo de aquélla; y de este género de pensamientos, son unos, llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios». (p. 108)
16. La fuente del error y de la falsedad: «[...] en lo que concierne a las ideas, si se consideran solamente en sí mismas, sin referirlas a otra cosa, no pueden, hablando con propiedad, ser falsas, pues ora imagine una cabra o una quimera, no es menos cierto que imagino una u otra. Tampoco es de temer que se encuentre falsedad en las afecciones o voluntades, pues aunque puedo desear cosas malas o que nunca han existido, no deja de ser verdad que las deseo. [...] Ahora bien: el error principal que puede encontrarse en ellos [los juicios] es juzgar que las ideas, que está en mí, son semejantes o conformes a cosas, que están fuera de mí [...]». (p. 108)
17. Tres tipos de ideas: «[...] entre esas ideas unas me parecen nacidas conmigo, y otras extrañas y oriundas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues si tengo la facultad de concebir qué sea lo que, en general, se llama cosa o verdad o pensamiento, me parece que no lo debo sino a mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento el calor, he juzgado siempre que esos sentimientos procedían de algunas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras fantasías por el estilo, son ficciones e invenciones de mi espíritu». (p. 108)
18. Realidad de las ideas: realidad objetiva (idea) = realidad formal (objeto representado): «[...] si, entre las ideas que tengo en mí, hay algunas que existen fuera de mí [...]: si las tales ideas se consideran sólo como ciertos modos de pensar, no reconozco entre ellas ninguna diferencia o desigualdad y todas me parecen proceder de mí de una misma manera; pero si las considero como imágenes que representan unas una cosa y otras otra, es evidente que son muy diferentes unas de otras. Pues en efecto, las que me representan sustancias son sin duda algo más y contienen, por decirlo así, más realidad objetiva, es decir, participan, por representación de más grados de ser o perfección que las que sólo me representan modos o accidentes». (p. 110)
19. Realidad de la idea de Dios: «Además, la idea por la cual un Dios soberano, eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas que están fuera de él, esa idea, digo, tiene ciertamente en sí más realidad objetiva que aquellas otras que me representan sustancias finitas». (p. 110)
20. La realidad del efecto depende de la realidad de su causa: «[...] es cosa manifiesta, por la luz natural, que debe haber, por lo menos, tanta realidad en la causa eficiente y total como en el efecto [...]». (p. 110)
21. Las ideas no pueden tener más realidad que su causa: «[...] la luz natural me hace conocer evidentemente que las ideas son en mí como cuadros o imágenes que pueden, es cierto, decaer fácilmente de la perfección de las cosas de donde han sido sacados, pero que no pueden contener nada más que sea grande o perfecto que ellas». (pp. 111-112).
22. Superación del solipsismo: mi finitud no puede producir la idea de Dios: «[...] si la realidad o perfección objetiva de alguna de mis ideas es tanta, que claramente conozco que esa misma realidad o perfección no está en mí formal o eminentemente, y, por consiguiente, que no puedo ser yo mismo la causa de esa idea, se seguirá necesariamente que no estoy solo en el mundo, sino que hay alguna otra cosa que existe y es causa de esa idea [...]». (p. 112)
23. Propiedades de la materia o extensión y otras nociones simples e innatas: «[...] En lo que toca a las ideas de las cosas corporales, no reconozco en ellas nada tan grande y excelente que no me parezca provenir de mí mismo pues [...] encuentro que no se dan en ella sino poquísimas cosas que yo conciba clara y distintamente, y son, a saber: la magnitud, o sea extensión en longitud, anchura y profundidad; la figura que resulta de la terminación de esta extensión; la situación que los cuerpos, con diferentes figuras, mantienen entre sí; y el movimiento o cambio de esta situación, pudiendo añadirse la sustancia, la duración y el número». (p. 112)
24. Cualidades secundarias, subjetivas y no cuantificables (en su época): «En cuanto a las demás cosas, luz, colores, sonidos, olores, sabores, calor, frío y otras cualidades que caen bajo el tacto, se hallan en mi pensamiento tan oscuras y confusas, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas [...]». (p. 112)
25. Ideas innatas que concibo con ocasión de la experiencia: «En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corporales, hay algunas que me parece que he podido sacar de la idea que tengo de mí mismo, como son las de sustancia, duración, número y otras semejantes». (p. 113)
26. La idea que infinitud divina no es producto de la negación de la idea de finitud: «[...] no debo imaginar que no concibo el infinito por medio de una verdadera idea y sí sólo por negación de lo finito, como la quietud y la oscuridad las comprendo porque niego el movimiento y la luz; no, pues veo manifiestamente, pro el contrario, que hay más realidad en la sustancia infinita que en la finita y, por tanto que, en cierto modo, tengo en mí mismo la noción de infinito antes que la de finito, es decir, antes la de Dios que la de mí mismo; pues ¿sería posible que yo conociera que dudo y que deseo, es decir, que algo me falta y que no soy totalmente perfecto, si no tuviera la idea de un ser más perfecto que yo, con el cual me comparo y de cuya comparación resultan los defectos de mi naturaleza?». (p. 114)
27. Conclusión de la primera prueba de la existencia de Dios: «[...] comprendo muy bien que el ser objetivo de una idea no puede resultar de un ser que existe sólo en potencia y propiamente no es nada, sino sólo de un ser formal o actual». (p. 115)
28. La finitud humana: «[...] si yo fuese independiente de cualquier otro ser, si yo mismo fuese el autor de mi ser, no dudaría de cosa alguna, no sentiría deseos, no carecería de perfección alguna, pues me habría dado a mí mismo todas aquellas de que tengo alguna idea; yo sería Dios». (p. 116)
29. Paradoja de Zenón: infinita división del tiempo en instantes: «[...] el tiempo de mi vida puede dividirse en una infinidad de partes, cada una de las cuales no depende en modo alguna de las demás; y así, de que yo haya existido un poco antes no se sigue que deba existir ahora, a no ser que en este momento alguna causa me produzca y me cree, por decirlo así, de nuevo, es decir, me conserve. En efecto, [...] una sustancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, necesita del mismo poder y la misma acción que sería necesaria para producirla y crearla de nuevo, si no lo estuviere ya, de suerte que [...] la conservación y la creación no difieren sino en nuestro modo de pensar, y no efectivamente». (p. 116)
30. Conclusión de la segunda prueba de la existencia de Dios: «[...] puesto que soy una cosa que piensa y que tiene alguna idea de Dios, sea cual fuere la causa de mi ser, es necesario confesar que también será una cosa que piensa y que tiene en sí todas las perfecciones que atribuyo a Dios. Podrá indagarse [...] si esta causa recibe de sí misma su existencia y origen si de alguna otra cosa. Si la tiene por sí misma, se infiere [...] que es Dios, puesto que teniendo la virtud de ser y existir por sí misma, debe tener también, sin duda, el poder de poseer actualmente todas las perfecciones cuyas ideas están en ella; es decir, todas las perfecciones que concibo en Dios». (p. 117)